Y le leo sus derechos. Y le digo que tiene derecho a ser informado de sus derechos y de las razones de su detención, a designar un abogado y a pedir que esté presente en su declaración, a guardar silencio, le digo que cualquier cosa que diga puede ser utilizada en su contra ante un juzgado de ley y que tiene derecho a designar a una persona para que le comuniquen su detención y dónde se encuentra, y también tiene derecho a ser reconocido por un médico. Graham no me quita ojo, acaricia su pistola, para recordar que está armado, que tiene una Star 28 PK y que tiene el control, dispara antes de que te disparen, y que la pistola nunca te falla, que siempre guardes una bala para ti, y que el año pasado Mike Donovan perdió de vista por un segundo su pistola y al de otro segundo tenía un agujero en la cabeza. Price, esposado, sangra de la boca. Un fino hilo de sangre cae desde su barbilla hasta el suelo. Fuera, la tormenta sacude reventando las ramas de los árboles. Y yo no puedo cerrar el puño, tengo la mano hinchada. En la habitación, pequeña y sorprendentemente amueblada para un traficante, todavía se respira droga. Price tiene buenos contactos, cuarenta miligramos en cada pinchazo a quince dólares. Graham, cada vez más pálido, parece contar las agujas en el suelo de la habitación. Piso lo que parece un enorme charco de orina y Price pasa junto a mí y me escupe a la cara. Necesito una cerveza. Nunca me hubiera imaginado que la sangre tuviera un sabor tan agridulce.
- Me fío de ti, tío. Pero creo que nos hemos precipitado. Y tío, ¿a qué venía ese puñetazo? Le has saltado dos dientes. ¿Has visto su cara? Y tú: ¡Al suelo, al suelo! Y el jodido paleto pasmado contando los dientes que le faltaban. Pensaba que se iba a desangrar, el muy cabrón me ha manchado los zapatos. Es tu último día, tío. Y la has vuelto a liar. Y todavía tenemos que pagar un abogado a esa puta de Palm Springs.
Lleva un año en silla de ruedas –y luego, por primera vez me mira a los ojos y continúa-, toma un valium. Estás furioso. Y cuando estás así no controlas tío. Ni siquiera ves contra qué disparas -tararea una melodía triste y cuando creo reconocerla se interrumpe-. Jodido Price. Mató a toda esa familia, tío. Los acuchilló hasta cansarse. Se cargó al jodido perro. ¿A qué pirado no le gustan los perros? –y recupera la melodía donde la ha dejado pero ya he perdido todo mi interés, y ahora suena mucho más triste que antes, deprimente, fúnebre, grotesca-.
Los coches de policía desaparecen entre la niebla de madrugada. Graham y yo, estamos sentados en el porsche de la casa de Thomas Price, heroinómano, un drogata moderno que se excita con Auster y que ahora se estrena como asesino de familias acomodadas. No deja de llover. Y me acuerdo de esa yonki del casino en Palm Springs. Nunca he visto a nadie esnifar tanta cocaína. Sus ojos eran tan inexpresivos que era imposible no sentirse atraído por ella. Graham me está mirando y extiende su mano. Le entrego la pistola. Graham me conoce demasiado, fue él quien me rescató de aquel apartamento de Brooklyn, ese infierno local, miniaturizado, y yo colocado, sucio, paranoico y solo. Solo.
- Tiene que ser así. No eres diferente -vuelve a decir Graham que durante esta última semana es lo único que dice-. No eres diferente –con el tono más creíble, sensato y redundante que he oído jamás, sentencia de nuevo-. No eres diferente a los demás.
Entramos en un ultramarino con luces fluorescentes que consiguen cegarme por un momento. Me tambaleo cuando busco la cartera. Una botella de vodka y un paquete de tabaco. Finalmente paga Graham y vuelve a dirigirme una mirada de pena y comprensión, la tercera en la noche.
- Tío, tienes una pinta asquerosa. Vete a casa y descansa, joder. ¿Hace cuánto que no pasas por casa? Tienes que buscarte la vida. Linda es un cielo, todavía no entiendo como te aguanta. No te escondas, joder. No te conviertas en una penosa sombra de esas que emergen de los callejones. El fantasma. Un jodido fantasma –ríe, cree que ha dicho algo gracioso-. Fantasma.
Vuelvo a sentir temblores y ansiedad, a la hora, se ha convertido en algo mecánico y puntual, un patrón sencillo de convulsiones efímeras. Espero. Soporto. Jadeo. Puedo reconocer algunas caras. Stuart, un mexicano tatuado que siempre se pasea con síndrome de abstinencia, “ya no me drogo colega, te lo prometo, ese arma no es mía, ya estoy limpio, tío”. A Stuart le falta un dedo, hace años, o quizás hace meses, o un par de días, la bofia lo manda a comprar un pico con dinero marcado y ya está. Un dedo menos. El dedo índice a cambio de diez años de cárcel para Sheridan, el cojo irlandés, que empezó con un gramo de droga y con ese gramo levantó todo una empresa de pinchazos y sobredosis en la ciudad.
- Vámonos de aquí. Esto está lleno de pirados –busco a Graham que está cacheando a Gary West, le saca una pipa de agua y un fajo de billetes-. Déjalo ya.
Comienzo a sudar otra vez, necesito ir a casa. Escapo fuera. Bebo un trago largo. Mi aspecto ha desmejorado considerablemente: la cara chupada, los dientes amarillos, encías hinchadas y unos ojos caídos, sin brillo. Ahora Graham empuja a O´brien contra la pared. Ni siquiera consigo recordar cuando llegue a Manhattan, ni de donde venía, sólo a veces, cuando respiro muy lentamente, consciente de cada partícula de desesperación que dejo entrar y salir, visualizo los primeros días: Linda decorando la casa; una vecina atractiva, rubia y bronceada, con una camiseta ceñida, que tuvimos los primeros meses; la sobredosis de Vinie; los 40 kilos de heroína que encontraron en su casa; la muerte de mi madre; los tranquilizantes; el primer pinchazo. Graham sale contando un fajo de billetes. Dice algo de que los tiempos han cambiado, que antes era más fácil, que O´brien tiene una vena obstruida y que si sigue pinchándose así en una semana tendrán que apuntarle el brazo, y dice que qué es un tío sin brazo, dice algo de un monstruo de una película que vio de pequeño en los Cines Flaherty de Brooks, y miro el cielo y me siento amenazado, y me pregunto porque sigue lloviendo, y qué hora es. Pienso en el puñetazo y me pregunto porqué no me tiré a la vecina. Supongo que por aquel entonces estaba enamorado. Supongo.
- ¿Y? -Graham vuelve a fijar toda su atención en mi-. ¿Quién te dio el chivatazo? –dice Graham y por un momento parece un tío sensato–. Nos falta la pistola tío.
El escenario del crimen: El perro degollado da la bienvenida desde el felpudo. La madre, que más da su nombre, con veinticuatro puñaladas. Me niego a hablar de los niños despellejados. Y el padre con un balazo en la nuca.
- Qué más da. Se lo montó de pena. Entré en el Madem y para la segunda cerveza ya tenía los nombres y apellidos. Tenemos a Price. Listo. Tenemos el cuchillo. Listo. Cerrado, tío. Este caso está cerrado. Se habrá desecho de la pipa. La habrá tirado al río –pero no creo lo que digo-. Apuesto a que se cuelga en la cárcel.
La inminente muerte de Price me lleva a mi infancia y con lo cual concluyo que de pequeño debí sufrir algún tipo de trauma pero sin embargo nunca he tenido pesadillas. Nací en Kansas y ahí nadie mentía, todos eran demasiado estúpidos para saber hacerlo. Lo más deprimente era que no había ninguna necesidad de mentir. Sólo la verdad. Eso era todo. Mi madre nos abandonó pero al menos fue sincera. Dice que se marcha a Nueva York, que te quiero, que mi vida no creo que pueda volver pero te llamaré. Y lo hizo hasta que un día, Papa, como una cuba y sintiéndose un desgraciado, arrancó con los dientes el cable del teléfono. Y Papa, como vendedor de seguros que era, más de una vez estuvo a punto de perder su trabajo. En Kansas nadie sabía mentir ni tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Y eso me gustaba. Y creo que todavía me gusta. Graham no espera una respuesta, y se lo agradezco. Su padre era poli, su abuelo también, incluso su hermana lo era. La ley de la calle era su dogma particular y la pistola su conciencia. Se le acaban las balas, pierde el juicio. Pero cree en mi como nadie lo ha hecho jamás, de hecho, creía en mi porque ya no la hace. Es mucho más de lo que yo he podido hacer nunca. Si algo sé es que no te puedes fiar de nadie y mucho menos de un confidente: drogadictos, enfermos, raritos. Aborrezco a los chivatos, matan la última y más pura esperanza humana, la fe. Pero no recuerdo cuando deje de creer. Droga. Ese es el principal motivo de que existan soplones en nuestra sociedad. Tú buscas alguien a quién detener y la bofia te alimenta. A Vinie le rajaron la garganta. Por aquel entonces yo no era nadie. ¿Y donde se deja caer alguien que resulta que paradójicamente no es absolutamente nadie? Visto de fuera, el Temples parece un bar cualquiera. Pero cuando estás dentro sabes que estás en uno de esos sitios donde sea lo que sea buscas algo en particular.
- Sí. Tenemos a Price. Ya está. Vete a casa y vuelve a conquistar a Linda. Tienes tu último regalo en casa. Pero mañana no quiero volver a verte. No voy a ayudarte, ya te lo dije. Consigue que tu hija te vuelva a querer. Y por dios lávate tío. Apestas a desesperación. Desesperación.
Graham ha visto demasiada sangre y por eso no siente el más mínimo escalofrío cuando repite desesperación. Termino emborrachándome en el Madem donde todos me señalan y me apuntan. Creo recordar, que fue Jordan quien me llevo a Price. Jordan, es el filtro de toda actividad delictiva que se desarrolle en el marco ilegal de la ciudad. Todo y todos pasan por él. Y Jordan, con sus rasgados ojos, se acerca y me alerta. Estás en peligro colega, no vengas por aquí, las cosas han cambiado, Price sólo recibió un encargo. Había alguien por encima. Él acuchilló por un par de gramos. Pero a quién querían muerto era al padre. El resto fue algo circunstancial. Me lamento pero bebo un trago rápidamente. La última vez que he abierto los ojos me encontraba bebiendo cervezas. Ahora estoy en completa oscuridad, tumbado en lo que parece mi cama. Price, encarcelado, acusado y derrocado, destruido para siempre y el cabrón degenerado mata familias en la calle. No entiendo el concepto de justicia. Creo que por eso nunca podría ser policía. Pienso en los culpables y en los inocentes y por un instante me cuesta encontrar alguna diferencia. Y la palabra traidor reaparece en mi cabeza. T – R – A – I – D – O – R. Me incorporo sobre la cama. Y personalizo esa palabra. La engullo. Noto excitación pero respiro lentamente. Y por primera vez, desde que empezó todo, me veo cómo lo que soy. Y lloro. Aguja, cuentagotas, un trozo de algodón. Me arrepiento de algo pero no sé de qué. Vació el sobre de morfina en la cucharilla. Podía haber sido un buen policía, me río. Pongo una cerilla encendida bajo la cuchara hasta que la morfina está disuelta. Es una manera de vivir y morir, como la droga. Añado un poco de coca con la punta de la hoja de un cuchillo de cocina. Me enrollo una corbata arrugada en el brazo y la ato fuerte. Me busco una vena. Siento la aguja deslizándose, dentro de mí. Sangre oscura, brota dentro del cuentagotas. Respiro muy lentamente. Y la coca golpea mi cabeza. Y temo la calle. No duraré mucho. Y la morfina sacude mis músculos. Y lo que parece una silueta de mujer, oscura, sin facciones, sin detalles, se acerca a la cama y me susurra “chivato”. Mis pupilas se dilatan. La habitación se deforma. Y aplaudo al cuerpo de policía. Y ahora, por fin, todo tiene más sentido.
EL CONFIDENTE

No hay comentarios:
Publicar un comentario