viernes, 9 de abril de 2010

El juego del soldado

Quién me diría que acabaría añorando los gritos de papá. Aún respiro.

Jaime balbucea, comienza a delirar. La sangre inunda su cara y sus ojos azules desaparecen entre ese bermellón sangriento. Le han dado, en unos minutos volveré a estar solo.

Las bombas retumban a lo lejos. David intenta esconderse tras un arbusto con la metralleta a punto de disparar. Todavía puedo ver en su cara ese miedo a fallar.

El resto se ha ido. Ahora el silencio es nuestro único aliado. Al otro lado, ellos avanzan, matándose unos a otros. No hay malos ni buenos, simplemente cobardes. Empuñan el arma y rompen el silencio.

Las madres salen al balcón. Poseídas gritan de desesperanza ante tal batalla campal: Lucas resucita y recoge la bolsa con piedras; David guarda su tirachinas y a mi lado, Jaime refunfuña por la interrupción de su trabajada agonía.

Es la hora de la merienda.

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