Quién me diría que acabaría añorando los gritos de papá. Aún respiro.
Jaime balbucea, comienza a delirar. La sangre inunda su cara y sus ojos azules desaparecen entre ese bermellón sangriento. Le han dado, en unos minutos volveré a estar solo.
Las bombas retumban a lo lejos. David intenta esconderse tras un arbusto con la metralleta a punto de disparar. Todavía puedo ver en su cara ese miedo a fallar.
El resto se ha ido. Ahora el silencio es nuestro único aliado. Al otro lado, ellos avanzan, matándose unos a otros. No hay malos ni buenos, simplemente cobardes. Empuñan el arma y rompen el silencio.
Las madres salen al balcón. Poseídas gritan de desesperanza ante tal batalla campal: Lucas resucita y recoge la bolsa con piedras; David guarda su tirachinas y a mi lado, Jaime refunfuña por la interrupción de su trabajada agonía.
Es la hora de la merienda.

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